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[Distintas Latitudes convierte en crónicas las Fuck Up Nights de América Latina, con apoyo de lxs periodistas jóvenes más arrechxs, chingonxs, chéveres de la región]

 

Jacobo creó su propia empresa porque tiene el cuello muy grande y detesta usar corbata, no había camisa que le cerrara ni trabajo en el que no se la pidieran, pero terminó con las deudas hasta el cuello y conectándose del pasillo de su edificio para no pagar la luz. Jorge fundó una revista de literatura quebrada a los 28 números, Karla quedó en la calle por un error contable y Juan Carlos cuenta en su haber con 23 compañías fundadas y sólo cuatro exitosas.

 

Pero no son fracasados, más bien triunfadores honestos. Son el cuarteto de emprendedores sin suerte de Mark Zuckerberg que comparten sus victorias y derrotas con una centena de personas, en la azotea de un edificio de la colonia Juárez en la 44 edición de las Fuck Up Nights.

 

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Son casi las 21:00 horas cuando Jorge Morales, editor de libros y revistas, comienza a hablar. El viento, que había mantenido la noche tibia con su ausencia, se aparece y casi tira la lámina de vinil sobre la que se proyecta la exposición, en la cabeza del joven. Fuck Up Nights ¿recuerdan?

 

Jorge relata cómo fundó Lenguaraz junto con otros amigos. Una revista de literatura joven con ilustraciones. Organizaron fiestas y salieron a la calle disfrazados para vender la publicación. Lograron difundirla con éxito en Sevilla, España, gracias a un viaje que hizo Jorge para su tesis. Pero luego de 28 ediciones, el proyecto quebró.

 

La horizontalidad en la toma de decisiones, traducida como reuniones de consejo que terminaban a las 03:00 de la mañana con un solo punto resuelto, y la nula experiencia del equipo en temas administrativos, comerciales o financieros, lo llevaron a pique. Trabajar con amigos, está bien, pero siempre poniendo límites, y tener la humildad suficiente para pedir ayuda a los expertos, son los consejos de Jorge.

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Muuk’ quiere decir en maya “fuerza, vigor y grandeza”, pero para Karla Ortiz significa, más bien, que su barrio la respalda. Es el nombre de la constructora que ella y su hermano crearon de la nada, cuando los contadores de la empresa de sus padres cometieron errores que dejaron a la familia en la calle, de un día para otro. Su historia no es la de su fracaso, sino la prueba de que el fracaso de otros también puede llevarte a la ruina.

 

Ante ella se abrían dos posibilidades: irse a vender gelatinas a un pueblito donde nadie la conociera, o volverse millonaria a costa de lo que fuera. Sabia decisión, eligió la segunda, pero su siguiente determinación no fue tan buena. Un amigo la convenció de vender un “jugo milagroso” con el que “obviamente no me hice millonaria, pero aprendí muchas cosas”, admite.

 

Luego de pedir financiamiento por todos lados (“si salgo a la calle seguro alguien me ve y dice, ella me pidió dinero”) encontró ayuda con un comerciante de Tepito que tenía mucho dinero “en cash”, y le prestó un millón de pesos con el que pudo sacar adelante sus primeros contratos de construcción para grandes empresas.

 

Aunque para desgracia de Karla, construir para compañías como Cinemex, Farmacia San Pablo, o instituciones como la UNAM, no ha sido sinónimo de solvencia, sino lo contrario. Al menos Cinemex y la UNAM le han quedado a deber y en la cadena de cines de plano le dijeron que si quería denunciar, adelante, el proceso tardaría años: “así nos aseguramos de que ya no vengas cada dos días”, cuenta.

 

Karla llora, por lo menos, una vez a la semana “y sí, también es porque estoy embarazada”, reconoce, pero entiende que cada mes hay batallas que se ganan y otras que no. Perdió el miedo y ganó la confianza, “empoderarme como persona y unirme con mi familia”, reflexiona.

 

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“La vida es una Fuck Up Night contiínua”, asegura Juan Carlos de la Concha, un arquitecto de 50 años, de los cuales 28 han sido de trabajo, sueños y derrotas. En toda su carrera ha creado 19 empresas, de las cuales sobreviven cuatro; “muchas murieron, quebraron, se nos olvidaron (Hacienda te las recuerda a cada rato) pero ahi vamos”, dice.

 

No nos dice cómo o por qué fracasó, sólo nos queda claro que lo hizo. Sus empresas quebradas casi quintuplican a las que prosperaron; tampoco nos cuenta sus nombres o qué servicios ofrecen porque, dice, eso no importa.

 

La noche pierde ligeramente su rumbo. Los ponentes comparten con el público la manera en que salieron de un agujero, apenas explicando cómo fue que cayeron en él. Las pláticas al margen, de asistentes que han perdido el interés, comienzan a invadir el atento silencio de quienes escuchan. Pero el evento está a punto de dar un giro espectacular con la presentación de un joven que es la viva encarnación del error.

 

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El más grande acierto en esta Fuck Up Night (FUN) es el más grande fracaso. Jacobo Márquez, joven publirrelacionista, el chico del cuello grande, se ganó un lugar en el top ten de las 44 ediciones de este singular evento, a decir de Carlos Zimbrón, co-fundador de Fuckup Nights que ha asistido a prácticamente todos los eventos de CDMX.

 

Jacobo tocó el fondo del fondo, pero su tez morena, sus ojos pequeños ligeramente alargados y su figura robusta apenas se inmutan al hablar. Con el tono de voz de quien cuenta que fue al cine y la película resultó ser ‘más o menos’, narra cómo en una etapa de su vida “la peor idea siempre podía ser superada. Siempre iba a existir una peor, y era moverte dentro de la arena movediza y sólo cagarla y cagarla”.

 

Apasionado de la producción de espectáculos, comenzó su carrera trabajando en la parte más aburrida de la industria más divertida: la taquilla, Ticketmaster. Su primer gran fracaso fue organizar, a través de su propia empresa, la gira de la banda sudamericana Bajofondo Tango Club. Consiguió dinero de varios patrocinadores que lo animaban: “va a ser un putazo, es algo súper trendy, es la música que viene”. Así que los recursos faltantes los obtuvo de asociarse con otra compañía y de convencer a uno de sus mejores amigos de que le prestara los ahorros para su boda. “Wey te tengo una idea increíble, tu boda va a salir gratis”, le dijo.

 

¿Qué podía salir mal con esa agrupación de uruguayos y argentinos que tocaba una fusión de tango y música electrónica? Aparentemente nada, pero al concierto en Monterrey sólo fueron cuatro personas, al de Guadalajara 20 y al de la Ciudad de México, 80. Jacobo vendió su camioneta para recuperar el dinero de la boda de su amigo.

 

Después se asoció con esa otra empresa que le había prestado dinero. Pésima idea. Estaban tan llenos de deudas como él. Pero tenían la solución ante sus ojos: Gloria Trevi había salido de la cárcel, “cerremos el tour”, dijo alguien. “No mames, nadie fue”, cuenta Jacobo con una paz que hace estallar en carcajadas a la audiencia.

 

“Te das cuenta que tienes peores ideas cuando estás metido en un círculo vicioso”, confiesa, y agrega que lo peor era que ni le gustaba Gloria Trevi, “me cagaba su música, y seguramente habia escrito 20 comentarios en Facebook diciendo ‘no mamen, pinche vieja, violó, ¿cómo se atreve a cantar?’ y yo ahi promoviéndola”.

 

Los socios de Jacobo llegaron más tarde con otra de esas ideas geniales: “Hay un concierto que viene, una música que está sonando súper chingona, es lo de hoy, todo el mundo lo está escuchando”. Los emprendedores musicales terminaron comprando la gira del reguetonero Daddy Yankee, llevando sus deudas a otro nivel pues ahora se trataba de dólares.

 

Sin saberlo, Jacobo y sus aliados sólo se habían juntado para urdir una conspiración de proporciones internacionales para cagarla a lo grande.

 

“Llegó diciembre y le dije a mis socios, ‘se los ruego, ya, déjenme ir, no mamen. Neta, somos la peor compliación de la historia, no nos puede ir peor’ y decidieron por fortuna soltarme”, cuenta. Luego de eso no hubo reparto de utilidades, sino de deudas, pero al menos estaba listo para empezar de nuevo.

 

Los cuatro fuckuppers de la Edición XLIV en CDMX

 

Esa noche de año nuevo la dedicó a poner sobre una hoja de papel qué era lo que quería hacer, a dónde quería llegar, qué servicios quería ofrecer con su empresa y por qué le gustaba la industria del entretenimiento. Creó una nueva compañía y empezó a dar servicios de relaciones públicas para artistas. Utilizó un retazo de la cocina de la oficina de una amiga suya como cubículo, y de paso, hacía pasar a los empleados de su compañera como los suyos, para dar una mejor imagen y obtener contratos. A los seis meses ya había pagado todas sus deudas y a los ocho ya contaba con un empleado. Luego comenzó a pagar los intereses que habría generado el dinero que le prestaron, si se los hubiera pedido a un banco.

 

Su gran error fue prostituirse, como él mismo le llama a abandonar su pasión tratando de ganar dinero con Gloria Trevi y Daddy Yankee, así como dejar de hacer lo que él sabía, relaciones públicas, y querer ser promotor de conciertos.

 

“Hay una frase”, recuerda, “y chingue a su madre el que me la dijo: soñar no cuesta nada. No mamen, soñar cuesta un chingo, si realmente lo crees, los sueños son carísimos, te desvelan, te ponen nervioso, pero si algún día lo logran se siente de su puta madre”, concluye el fundador de Lado Be una exitosa productora de espectáculos.

 

Por Arturo Ilizaliturri*

* México, 1991. Periodista con particular interés en temas de derechos humanos y movimientos sociales. Arturo es integrante de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes, una iniciativa regional para destacar al mejor talento periodístico del continente. .