Zanahorias para pocos. Una crónica de fracasos exitosos en la Argentina.

Por Brian Majlin *

Las Fuckup Nights nacieron como casi todo en este mundo: un grupo de amigos -en este caso cinco, en Mexico en el 2012- hablando entre ellos sobre sus miserias u obsesiones cotidianas. La experiencia de la catarsis colectiva -lo saben los que han acudido a una terapia grupal alguna vez, sea por una adicción, un trastorno psíquico o un desorden alimenticio- es efectiva y efectista: da la sensación de no estar solos y de ser parte de un todo con una lógica que nos excede. Esa cuestión, que torna a nuestras vidas y problemas como algo individual pero, a la vez, colectivo e inmanejable, lo hace tolerable. Es tranquilizador y brinda esperanza.

Sobre ese precepto se asientan la mayoría de las charlas motivacionales, que no son novedad en términos históricos, pero que se han revitalizado a la última moda en momentos donde conceptos como fracaso y éxito -siempre desde una perspectiva individual pero mayormente con parámetros cultivados cultural y socialmente- son rectores de las trayectorias de cada quien. FuckUp Nights no es la excepción y su sexta edición porteña, el miércoles 6 de julio en el cuarto piso del Centro Cultural San Martín, ratifica la vigencia de su efecto: los que asisten -y los que hablan- salen de sus universos personales y se sienten parte de algo más grande.

La música a tono, una pantalla, las luces sobre el escenario y el público en tiempos repartidos. El clima es festivo, expectante, pero nada parecido al fracaso. No llama la atención que uno de los auspiciantes, además de Banco Galicia y Cerveza Quilmes, sea Rasti, la empresa familiar argentina que desde hace décadas triunfa como vendedora de bloques para chicos. Los Lego criollos.

La Sala Enrique Muiño del CCGSM recibe a aquellos que se acercan a beber una dosis de esperanza, una palmada en el lomo, con una frase inspiradora de Thomas Alva Edison sobre la importancia del intento amen del fracaso.

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El primer orador – co organizador y co productor- de la noche porteña es Hernán Schuster que da inicio y explica lo que ocurrirá: la catarsis está planificada y contempla a cuatro emprendedores exitosos que explican cuándo, cuánto y cómo fracasaron antes de ese éxito. El éxito es, en todos los casos, un negocio destacado.

Hay mucha gente nueva y hay gente que ya ha incursionado en esta experiencia. Esta ocasión también tiene su espíritu solidario: los que se acercan se llevan ideas e inspiración y dejan a cambio alimentos no perecederos para la Asociación La Vereda de Enfrente, que brinda asistencia en la villa 21.24 de Buenos Aires.

El moderador es Johnatan loidi, conferencista y director de la carrera de marketing –diferenciado por él mismo del Garketing y el Marquetín, como acepciones erróneas – en la Universidad Católica de La Plata. Un experto en esto de emprender y triunfar que, además, con la comodidad que el carisma brinda, lleva la noche y las preguntas a buen puerto.

Un momento antes del primer fracaso exitoso, hay espacio para un acto proselitista apartidario: un miembro de la Asociación de Emprendedores de Argentina –ASEA- explica la importancia de reivindicar el fracaso en esta sociedad exitista y la necesidad de una corporación que nuclee a los emprendedores en el dificultoso universo del emprendimiento: en agosto de 2016 se debatirá una ley en el Congreso que, dice, ayudará a que el emprendedor tenga más facilidades, desde aspectos económicos hasta burocráticos. Y pide, como todo proselitista, que lo acompañen, que no lo dejen solo y que sean miles asociándose primero y pidiendo a los legisladores que aprueben esa ley después.

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Tras un puñado de aplausos se instala en el escenario el primer ganador que ha sabido perder: Tito Loizeau, que hace 15 años sorprendió a Mattel Internacional con la idea de crear el Barbie Store y cuyo éxito desaforado inicial acabó en crisis y cierre hace poco menos de un año. Dirá que su “sincericidio es el fracaso” y que él es único responsable de ese derrotero a causa de haber delegado sus locales demasiado rápido. Y dice que su problema radicó en no seguir su pasión de comunicador: de pequeño hacía revistas pero se dedicó a Contador Público primero y empresario después por puro mandato y temor paterno.

Tras una seguidilla de fracasos menores y el éxito del Barbie Store, encontró que le gustaba soñar proyectos y transmitirlos, pero no sostenerlos: no quería estar dentro del local de las muñecas doradas. Es una buena historia y, como toda buena historia, tiene una moraleja:

 

“La pasión no asegura el éxito pero la no-pasión sí asegura el fracaso”.

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La siguiente en salir a escena es la jujeña Pamela Scheurer, cuya localidad de nacimiento carecería de importancia si no fuese el motor que impulsó su emprendimiento: demostrar que Jujuy podía aportar valor agregado al mundo. Nubimetrics es uno de los primeros tres emprendimientos en los que invirtieron Telefónica y Mercado Libre. Ella y su socio/futuro esposo son salidos de los espacios de aceleración promovidos por Wayra.

Su fracaso es tibio, casi insulso: el proyecto estaba bueno y tenían pila de clientes en espera, pero era complicado el interfaz y debieron arrancar de cero. La angustia y el trabajo excesivo los tenía en el camino del mal comer y el mal dormir, por lo que un encuentro con un mentor, Miguel Sampedro, es su quiebre. Cual Miyagi, los disciplinó a una vida sana. Su moraleja es milenaria: “emprender no es una carrera de 100 metros llanos sino una triatlón”. Mens sana in corpore sano.

Pamela se lleva unos aplausos, y la empatía de quienes en sus propios fracasos llevan una vida demasiado alejada del bienestar. A su turno llega Leo Piccioli, ex Officenet y actual Staples.

Su fracaso es comercial y tiene una moraleja trasnacional: quiso ordenar a su modo la oficina brasilera de Officenet y dice que fracasó por no comprender la idiosincrasia local. Aunque la separación de su esposa y la falta de cercanía con sus dos hijos hoy adolescentes parece haber sido el fracaso más pesado. “Creí que era héroe y me faltó humildad”, dirá. En 2013 tuvo revancha, Staples lo convocó para su oficina brasilera y está en pleno éxito. ¿Moraleja? Claro:

Podemos sacarnos de la cabeza la palabra fracaso: es éxito o aprendizaje, siempre sacás algo”.

Para redondear la noche llega la historia más famosa. Hace un tiempo, un joven emprendedor que hacía zapatos le escribió a Mauricio Macri, el presidente, para proponerle que usara zapatos argentinos: los que él hacía. Gaston Greco tuvo un momento de fama clásico del siglo XXI, efímera, viralizada y de las redes sociales a los medios de comunicación tradicionales. Fue un one hit wonder, por ahora, pero le bastó para que su intento desesperado por hacer zapatos fuese finalmente un negocio rentable.

La historia de este chaqueño que interpreta bien el concepto del narrador empático y la construcción oral con remate humorístico –propia del stand up, género hermano de las charlas motivacionales- roba risas y aplausos. Cosecha empatía desde el vamos: padre fracasador serial, “más que emprendedor un fundidor”, que ha puesto bares, pizzerías, lavaderos y demás.

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Greco atribuía el fracaso a las nulas –o malas- enseñanzas de su carga genética, pero –y no hay charla motivacional sin pero- llegó el quiebre: de dormir con la máquina de coser en su casa, de locales fallidos, estafas y errores de todo tipo, al éxito y la difusión presidencial que iluminó su moraleja: “Siempre putié a mi viejo por la enseñanza y en realidad es quien me inculcó ese espíritu emprendedor y me sacó el miedo”.

Moraleja final: somos seres sociales, ficticiamente aislados, buscando el éxito como el conejo a la zanahoria, y no habrá zanahoria para nadie hasta que no haya zanahoria para todos.

* Brian Majlin (1984) es politólogo, periodista y escritor argentino. Colabora en Distintas Latitudes.

 

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