En alguna ocasión escribía acerca de mi dificultad para con las historias de víctimas que cual ave fénix se yerguen luego desde la adversidad. Si, esas historias del tipo no era nadie por culpa de… y luego gracias a…logre ser el… No es que tengo algo en contra de esas personas, lo que me incomoda es la forma, sobre todo cuando detrás existe un afán de venderte algo je. Reflexionaba en esa ocasión, acerca de los héroes silenciosos, esas mujeres y hombres que todos los días desde todo tipo de ocupación dan su mejor esfuerzo, lo mejor de sí para ocuparse sea de construir mejores mundos o alimentar a su familia, todos dignos, todos legítimos.

Y es que detrás de todas estas historias no contadas de héroes anónimos, además de aciertos (que es el lado visible de la luna) hay fracasos, si incontables fracasos, errores, fallos, y en una sociedad en la que se hace culto al éxito, celebrar el fracaso es poco sexi.

Muchos genios dijeron en su momento que fallaron 1000 veces antes de encontrar o lograr el éxito, Michael Jordan enunciaba los partidos perdidos y los tiros errados. Y entonces ¿qué lugar le damos al error en nuestras vidas? ¿qué lugar le damos al error en el desarrollo de nuestros colaboradores? ¿cómo me relaciono con el error como padre o pareja? La calidad de nuestra relación con el error, el fallar, equivocarse; la calidad de esa relación, define la manera en que podemos: 

·     Aprender del mismo y devenir en adultos que asumen la responsabilidad por su desarrollo personal, y la consecuencia de sus acciones.

·     Crear espacios de aprendizaje para otros, utilizando el error como un recurso que además muestra nuestra vulnerabilidad, atributo clave para lograr aprendizajes significativos.

·     Fortalecer la calidad de nuestros vínculos con las personas que nos importan, desde un lugar de abrazar nuestra propia vulnerabilidad falibilidad y la del otro, sin más expectativa que hacer juntos, más que de no fallarse.

·     Promover culturas en las que la presión se mueve del éxito y evitar fallar, a lograr los resultados incluyendo en estos, el aprendizaje.

Abrazar el error, supone el acto valiente de ejercer la humildad, mostrarnos vulnerables y abrirnos desde ahí al maravilloso viaje del aprendizaje; viaje sin el cual el emprender no es sostenible. Abrazar el error, no supone negar la importancia de alcanzar los resultados, de acertar, de ganar. Todo lo contrario, supone colocar el error y fallo como parte del mismo juego, darle el estatus de ciudadanía dentro del espacio de posibilidades de resultados de nuestra acción.  

Y si, es más fácil decirlo, sobre todo si venimos de historias de “tener que ganar”, historias de estar entre los primeros, de “al menos” no hacerlo mal.  Tengo solamente dos imágenes de mi niñez previa a los 6 años, y es en el Kínder, que una profesora me pidió hacer en la pizarra el número 1. Recuerdo, como si fuera ayer y si es buena memoria la mía, a la profesora observando. Tomé yo la tiza y la utilice no como lápiz, la tome a lo ancho e hice el número 1 más robusto y recto posible. Ella me había pedido hacer el número. Recuerdo que me han reprendido porque lo hice mal, no era así que tenía que ser. Para mí fue una tremenda desilusión, no aprendí mucho de ello, podrán imaginar que, desde el niño pequeño aquello fue un acto de humillación y afectación a un vínculo.

Los niños desean ser queridos, contenidos, cuidados; y en nombre de ello, se “portan bien” quieren cumplir, sobre todo cuando no cumplir supone una pérdida de afecto, evitación o humillación. Uno de los mecanismos que desarrollamos para evitar entonces ser abandonados, ser cuestionados, y para lograr ser queridos; consiste en convertirse en un “logrador”, en alguien capaz de alcanzar las cosas, sin fallar, y vamos, ser impecable, cumplir promesas y moverse a la excelencia es loable y deseable; el asunto es ¿en nombre de que lo hacemos? De no fallar, de no lucir mal, o por la buena causa de la contribución y el resultado. Si se trata de lo último, el error es bien recibido, pero cuando somos movidos por no fallar, por el miedo a la consecuencia entones y en ese entonces, el error no es buen amigo. Desde ese lugar, además nos convertimos en jueces del otro, ese que considera que en un momento fue víctima, se erige en un perseguidor, castigando, subrayando el error del otro, condenando el mismo y a su perpetrador junto al error.

Desde esa postura de perseguidor implacable, ser vulnerable no es políticamente correcto; ahí, uno puede revestirse de una armadura de experto, de infalible, que frente a un posible fallo entrará en miles de justificaciones, todo sea por no admitirlo, porque al hacerlo dejarán de ser todo eso por lo que se ha luchado, la imagen que ha costado crear. Y es entonces, en que la energía no va a la construcción de mejores relaciones, de aprendizajes significativos, de culturas que abrazan la vulnerabilidad y emprenden de manera responsable el aprendizaje. En ese entonces, la atención está puesta en defender y/o cultivar una autoimagen de pseudo perfección, pseudo rigurosidad, implacabilidad; con las afectaciones en auto realización, relaciones, desarrollo de otros, creación de culturas de alta impecabilidad sostenible.

Démonos la chance de conversar con nosotros mismos respecto a cómo es nuestra relación con el error, loa grandes aprendizajes que el mismo ha tenido para nuestras vidas, y de las personas que son importantes para nosotros; pongaos sobre la mesa de la familia el tema; coloquemos la discusión en la reunión con el equipo. Y probablemente hacer eso… no sea un error.

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